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EXPERIENCIA CURSO DE FORMACIÓN EN RUSIA

zaida 01En Rusia hace mucho frío y nieva mucho en invierno. Ese es uno de los tópicos verdaderos que he experimentado en los ocho días que he pasado en Rusia, pero además de ese gran tópico algo difícil de soportar para alguien que no está acostumbrado a que las temperaturas se desplomen bajo cero, me traigo otras muchas conclusiones y anécdotas más agradables ¡e incluso más cálidas! 

Todo comenzó hace muy poco. Vi un aviso de última hora para participantes españoles en un “training course” que me pareció muy interesante, me aceptaron, gestioné el visado, compré el billete de avión y una semana más tarde estaba aterrizando en Moscú. Allí me encontré con Anna, la otra chica que iba desde España, mi compi de viaje y “training” durante este periplo. Juntas conseguimos llegar a la estación de tren, tarea nada fácil cuando la gente solo te habla en ruso. Allí cogimos por fin un cálido tren y seguimos la ruta del mítico transiberiano hasta llegar a Rostov El Grande, una de las ciudades más antiguas de Rusia y con una bonita arquitectura tradicional.

Por el camino ya nos encontramos con algunos de los participantes, la mayoría ruso parlantes que nos ayudaron a llegar sanos y salvos al hotel. Una vez allí conocimos al resto de participantes y a las organizadoras del curso durante la cena de bienvenida. Y a la mañana siguiente comenzaba el curso “LEAD ME TO PEACE”, cuyo objetivo era crear una red de jóvenes embajadores que promuevan la paz y la no-discriminación a través de proyectos internacionales de voluntariado. Durante seis días trabajamos sobre aprendizaje y educación no formal, participación juvenil, derechos humanos, violación de derechos humanos en diferentes contextos y propuestas de proyectos para llevar a cabo con la colaboración de los participantes. Los temas tratados nos incitaban a debatir durante horas, pero el tiempo no era ilimitado, así que no siempre conseguimos llegar al fondo del asunto y muchas cosas se nos quedaron en el tintero.

Sin embargo, creo que ha sido suficiente como para despertar nuestra curiosidad y concienciarnos sobre ciertos aspectos, como nuestra relación diaria con los derechos humanos universales y la valoración personal hacia cada uno de ellos, o la problemática específica respecto a derechos humanos en los diferentes países participantes. De este modo pudimos comprobar cómo las prioridades y problemáticas respecto a derechos humanos coincidían en muchos aspectos en países del Este de Europa, en países mediterráneos o en países de Europa Occidental. Al terminar el curso tenía la sensación de que hay muchos conflictos en los que intervenir y todos podemos aportar nuestro granito de arena en el día a día. Además me traía la estupenda experiencia de convivir con rusas, lituanos, polacos, ucranianos, moldavas, checas, belgas, ingleses e italianos. Al despedirnos fue bonito saber que algunos de nuestros caminos se volverían a encontrar.

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¡Pero no todo iban a ser cosas serias! En las noches culturales pudimos conocer un poco más de nuestros países de origen y, por supuesto, de la Madre Rusia. Otra inmersión cultural fue la visita a una improvisada banya, típica sauna rusa, donde tienen la costumbre de azotarte con ramas de abedul (yo creo que por el simple hecho de pasar dos horas un lugar cálido ya es algo obligatorio para hacer en diciembre en Rusia). Además tuvimos una excursión organizada por Rostov, con visita al Kremlin y sesión de manualidades tradiciones incluida, que nos permitió conocer la ciudad más allá las fugaces salidas diarias. Aunque fue durante esas pequeñas salidas en las que descubrí uno de los lugares más fascinantes de Rostov: el lago Nero. La gran superficie lisa cubierta de nieve, las casitas de madera a orillas del lago y dos simpáticos perros rusos me hicieron sentir el halo de misterio que desprende Rusia.

Y para rematar la experiencia, Anna y yo decidimos visitar un par de días Moscú antes de volver a España. Volvimos al transiberiano, tres horas y media atravesando bosques nevados, y directas a la Plaza Roja (después de arrastrar maletas por el metro y calles nevadas). En torno a esta histórica plaza visitamos la catedral de San Basilio con sus cúpulas de colores, el enorme Kremlin y algunos otros rincones. Al caer la noche decidimos bajar al metro y recorrer algunas de las estaciones más espectaculares antes de perder algún dedo por congelación por permanecer en la calle… aunque eso casi lo conseguimos comprando matrioskas en un remoto mercado tradicional al aire libre.

Spasiva!

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